Crónica íntegra del número
182 de mayo de 2004 de la revista Autoverde 4x4
El MARRUECOS DE LOS
NIÑOS
Los viajes a Marruecos no son algo nuevo en las páginas
de Autoverde 4x4. Pero en esta ocasión hemos querido ofrecerlo
de una forma distinta, por lo que hemos "fichado" a nuestros
acompañantes más jóvenes (Carlos y Macarena
Moretón, de 7 y 10 años, respectivamente) para que
os brinden su particular relato de lo que ha sido la última
actividad de Autoverde 4x4 en marcha
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-Por: CARLOS Y MACARENA MORETÓN
-Fotos: I. SALVADOR
Esta Semana Santa hemos estado de excursión
en Marruecos, entre el sábado 3 y domingo 10 de abril. El sábado
3, de madrugada, cogimos un barco en el puerto de Algeciras dirección
Ceuta. En el barco vimos un precioso amanecer sin nubes. En la aduana
estuvimos casi tres horas esperando, porque entre que algunos pasaportes
no habían salido y que los policías tenían que
revisar los coches, el tiempo pasaba lentísimo. Toda a gente
iba corriendo a todas partes, había un montón de coches
confiscados e incluso dos lanchas. Los coches y los autobuses de la
gente estaban
cruzados. |
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Comenzarnos nuestro viaje por Marruecos. En la medina de Fez fuimos a
los famosos tintes. Nos dieron una ramita de hierbabuena para no desmayarnos
del olor. Después dimos una pequeña vuelta por los comercios
de la zona de la medina, y nos encontrarnos a unos hombres con sus borricos
cargados hasta arriba. Y circulando por calles tan estrechas que casi
no cabía ni la. gente.
Cuando íbamos camino de Midelt, fin de nuestra primera etapa de
África, nos encontramos con un gigantesco bosque de cedros en el
puerto de Zad y por primera vez vimos algún que otro animal salvaje
entre la espesura del bosque. A la salida del bosque había una
urbanización de superlujo con un ultra-palacio del rey incluido.
Parecía que nos habíamos teletransportado a Suiza, todo
verde y ajardinado, y las casas con la arquitectura de los Alpes.
En la kasbah hotel de Midelt nos dieron un pequeño apartamento
al otro lado de la piscina, muy bonito, pero no estaba totalmente terminado.
Como hacía mucho frío, porque las montañas de alrededor
estaban llenas de nieve, nos encendieron la chimenea. En ese mismo hotel
tomamos nuestra primera comida africana: “El Tajine”.
Al día siguiente fuimos por las gargantas del río Ziz, un
río que después de excavar metros y metros, va y desaparece
durante muchos kilómetros para luego volver a aparecer en unos
oasis.
En Fr Rachidia vimos a algunos niños que vendían tabaco,
collares y algún que otro fósil, También había
niños que se ofrecían para limpiarte los zapatos.
Entramos en pista y empezamos a ver niños descalzos pidiendo
caramelos, gorras y bolígrafos. Cuando íbanos metidos
en un pequeño «oued», mi padre dijo que este desierto
le sonaba y que a la salida del oued había un monolito de un
francés que trabajaba en Citroén que había tenido
un accidente y había muerto allí en 1930, o algo así,
y lo encontrenos. En medio de una llanura había un barranco
con bloques inmensos de desprendimientos, parecía que se había
hecho por una catarata profundísima. Ahí hicimos muchas
fotos. Ese mismo día empezaron la «tôlé
ondulé» y las pistas de piedras. Perecía que el
coche se iba a desmontar. Al final de la jornada empezaron los «oueds»
de arena en los que si te paras con el coche te hundes.. |
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Después llegamos al albergue «Tombuctú» y a
las famosas jaimas con duchas compartidas a 50 metros de las jaimas, con
un señor que estaba allí día y noche con el rastrillo,
quitando agua, limpiando las duchas y los baños.
Por la noche cenamos «kalia» bereber, que es como huevos escalfados
con pisto.
En el tercer día de viaje, sesión de dunas y primera foto
de grupo. Comienzan a quedarse los primeros coches atrapados en la arena
y todos ayudamos a desenterrarlos. Unas veces bordeamos la duna, otras
nos metemos, es muy divertido. Allí aparecen un par de beréberes
en «Mobiletes» subiendo las dunas más fuertes y encima
sin quedarse, cuando en el Dakar en sus super motos se quedarían
clavados.
Nos paramos a tomar un aperitivo debajo de una acacia cuando al cabo de
cinco minutos aparece una chica de unos veinte años con sus dos
hijos (un niño de unos cinco años y un bebé que iba
atado en la espalda de la madre). Nos empezaron a
enseñar cosas para vender. Nosotros compramos un huevo pulido de
piedra negra con fósiles y un amonite, también pulido, como
base.
Cuando estábamos terminando el recorrido, la duna sobre la
que estábamos cedió y casi volcamos. Menos mal que mi
padre reaccionó bien y pudimos salir. Por la tarde nos fuimos
a tirarnos con unas palas de plástico por las dunas y se acerco
un chico bereber que se llamaba Mustafá. Se puso a hablar con
nosotros y nos contó que tenía veintiún años,
que era el mayor de seis hermanos y que se dedicaba a ser guía
en el desierto, pero que lo hacia a pie, pues su padre había
tenido que vender el camello porque no tenían comida para él
después de una gran sequía. También nos dijo
que habla cinco idiomas y que los había aprendido hablando
con los turistas. Comentó que al desierto había que
ir sin prisa porque «en Sahara la prisa mata hombres».
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Nos dijo que su padre pasaba a Argelia a recoger rosas del desierto,
fósiles y dientes de zorro, y que sus hermanos los pulían
para luego venderlos.Comentó que si queríamos podíamos
ayudar a su familia comprando alguno de los que él llevaba. Le
compramos un cenicero de piedra negra con fósiles y un amonite
de decoración en la parte superior.
La noche siguiente dormimos en el albergue, pero en habitación,
y cenamos sopa Harira y Talline.
El cuarto fue el «Gran día», fue brutal, con chopocientos
«oueds» de arena, profundísimos. Ahí había
que ir con todo bloqueado y a mazo, y cuando creíamos que habíamos
terminado las dunas, aparecieron unas dunas mentirosas, ya que son de
un tamaño pero parecían de otro. Nos encontramos con una
duna que parecía más pequeña de lo que era y rompimos
un antiniebla al chocarnos contra ella. Después de comer pasamos
por un control militar, ya que habíamos salido a pistas de Argelia
y teníamos que volver a Marruecos. Allí los militares nos
ofrecieron té; se les notaba preocupados con lo que había
pasado en España y, después de unos kilómetros llegamos
a Zagora a un hotel maravilloso con piscina.
Al día siguiente hicimos una ruta alrededor de las kasbahs del
Valle del Draa. Cada vez que pasábamos por un pueblo salían
niños pidiendo cosas.
El sexto día fuimos a las últimas dunas, vimos langostas
y muchísimos saltamontes, pasamos por el oasis sagrado con una
kasbah en el interior y un río con ranas verdes. Luego entramos
en el Lago Iriki, que es un lago, pero no tiene agua, allí se desató
una tormenta de arena. Después, más pistas de piedras no
muy rápidas y más «tôle ondulé»,
pasamos otro control militar que fue muy rápido, nos saludaron
y nos fuimos. Llegamos a Ouarzazate,
El último día de pistas co- menzó con una visita
a la kasbah de Ait Benhaddou, con los únicos vadeos del viaje y
con un viento brutal. Después, fuertes puertos de montaña
hasta llegar a Marrakech,
Hicimos una visita a la ciudad, la circulación de los vehículos
era de locos: cruzadas, adelantamientos, no respetan los semáforos.
las rotondas las hacen rectas, coches, motos, burros, taxis, todo un lío.
Fuimos a la Plaza D’Jemma el Fna, allí había señores
disfrazados, cuentacuentos, muchos vendedores de zumo de naranja y un
zoco donde vendían de todo.
Llego el último día, Marrakech-Ceuta, por autopista a la
europea. Ya no tenemos que salirnos al arcén para circular, es
una autopista de dos carriles, pero con gente que cruza por mitad de la
carretera, perros sueltos, ¡Impresionante!
Después de pasar la aduana, hacia Ceuta y a coger el barco dirección
a Algeciras de ¡vuelta a casa!!, cansados, pero muy contentos.
Papá, ¿cuándo volvemos?
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